El pasado 27 de agosto, el presidente Donald Trump firmó una orden ejecutiva para cambiarle el nombre al Lago Ontario por ‘Lake America’ (‘Lago América’), asegurando que su gobierno ya había ‘notificado a toda la gente que hay que notificar’. La medida llega en plena escalada de la guerra comercial entre Estados Unidos y Canadá, y contrasta con lo dicho meses atrás por Doug Ford, primer ministro de la provincia canadiense de Ontario, quien había calificado la idea como simple retórica política.
No es la primera vez que Trump recurre a este tipo de cambios: en 2025 renombró el Golfo de México como ‘Golfo de América’ y regresó al pico más alto de Alaska, conocido como Denali, su antiguo nombre de Monte McKinley.
Aunque suene un trámite menor, en Estados Unidos existe un proceso formal para renombrar lugares, encabezado por la Junta de Nombres Geográficos (Board on Geographic Names), dependiente del Servicio Geológico, la agencia encargada de elaborar los mapas oficiales del país. Normalmente, estos cambios inician a nivel local: un ejemplo es el lago de Minneapolis que en 2018 recuperó su nombre indígena, Bde Maka Ska, tras pasar por el ayuntamiento, el estado y finalmente la junta federal. El caso de Denali, en cambio, tardó 40 años en resolverse, hasta que la entonces secretaria del Interior, Sally Jewell, lo hizo oficial en 2015 durante el gobierno de Barack Obama.
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Imagen: Manitoba Historical Maps, BY 2.0 (vía Openverse).
